Nos colamos en la tienda taller del sastre madrileño Fernando García de La Calera para conocerle a él y a su proyecto.

No teníamos ni un poco de resaca, pero era un raro viernes de fiesta y estábamos algo despistados. Dos gatos como nosotros callejeando por Madrid y complicando el recorrido hasta llegar a la calle Marqués de Santa Ana. Y allí, en el número 28 de un pequeño local con la fachada panelada de madera, nos recibió un chico de cara vivida y mirada de buen tipo.

Pudimos leer su mente diciendo: “En qué hora le habré dicho que sí a estos chavales”, mientras confesaba que no era muy de entrevistas y que todo eso de las cámaras le daba un poco de reparo. Aun así, nos dio vía libre para mirar, rebuscar y preguntar cualquier cosa mientras intentaba ordenar el perfecto caos propio de un artista. A los cinco minutos, y tras hacer todos algunas confesiones de barrio, entramos en calor y comienza el show. Casi parece ensayado y es él quien lleva el timón del acting, con una proactividad mecánica, mientras desenrolla telas, dibuja patrones y nos da una lección en directo de cómo hacer un jean.

Era necesario volver a los origines, a lo artesano de una profesión que siempre he llevado dentro. Quería desarrollar productos de calidad, únicos y duraderos

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Desde el minuto cero, todo aquello nos pareció un descubrimiento. Era el ejemplo claro y tangible de que algo estaba resurgiendo en Madrid. El que fue el local de un fontanero es hoy una reformada (a mano) sastrería denim, hasta los topes de personalidad y detalles tan únicos como su dueño, Fernando García de La Calera. Ahora es sastre pero en otras vidas fue empresario, camarero, diseñador, skater… y, sobre todo, de esas personas que siempre han
sabido buscarse la vida y curtirse con cada golpe.

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Nos habla de The Concrete, de su paso por Londres, de sus aventuras empresariales, de sus colegas, de sus padres, y se le olvidan las cámaras cuando habla de lo que le ha llevado a desarrollar un proyecto así: “Era necesario volver a los origines, a lo artesano de una profesión que siempre he llevado dentro. Quería desarrollar productos de calidad, únicos y duraderos. Tengo la necesidad de expresarme”.

El resultado es digno de zares de la gran ciudad, telas teñidas a mano o llegadas de Japón, patrones únicos y cortes que se adaptan al cuerpo con ese toque especial que sólo unos pocos tienen. Es la experiencia que promete si te sales del circuito de la producción en masa y decides ponerte en sus manos.

Admite que trabaja muy duro, pero ha conseguido no mirar el reloj, no preocuparse por el dinero ni vivir agobiado, ha conseguido estar en paz en su oasis de telas, tintes y tijeras. Sin duda un sueño a medida que se ha hecho realidad y digno de admirar.

The Concrete Co. Madrid