A mucha gente le costaría creer que el campo de béisbol de La Elipa, en el madrileño distrito de Moratalaz, tiene más años que el Vicente Calderón o el Estadio de Vallecas. Tanto, que es el más antiguo de Europa. Su hormigón, arena y césped han sido testigo viviente de la historia de este deporte en nuestro país y de su lucha por crecer en la España del fútbol y los deportes que, de tanto en tanto, se ponen de moda. Al mismo tiempo, hoy sirve de faro que ilumina un futuro tan incierto como ilusionante. Una especie de cuaderno de bitácora del béisbol nacional, que nos habla de lo que fue, y que quiere seguir registrando lo que será.

No muchos lo saben, pero hubo un tiempo, entre los años 60 y 80, especialmente en esta última década, en la que el béisbol gozaba de una aceptable salud en nuestro país. No sólo Real Madrid, F.C. Barcelona o Atlético de Madrid tenían secciones de béisbol, sino que se enseñaba en las escuelas y al menos en la capital, todo aquel que quería comenzar un equipo recibía de la federación castellana las bolas, bates y guantes para hacerlo de forma gratuita. Así, proliferaron jugadores y equipos en un entorno aún muy amateur, pero que a la postre devino en los cimientos y sustento del béisbol actual. Como muchas otras manifestaciones culturales de origen estadounidense, se filtró en la gris y autárquica España franquista a través de las bases militares que los yanquis instalaron en nuestro país tras nuestra anexión a la ONU a mediados de los 50. Los exiliados latinoamericanos huidos de las dictaduras de sus países, hicieron el resto para que la llama prendiese.

A pesar de la modesta dimensión del béisbol en el panorama deportivo actual, somos la tercera potencia europea, contando en nuestro palmarés con algunos resultados más que notables como el título continental de 1955, varios subcampeonatos, y especialmente el diploma olímpico de Barcelona ‘92. Uno de los integrantes de aquella selección era un chico de la barriada de San Blas, a pocos kilómetros de donde se ubica este campo. Buena parte de la vida de Miguel Ángel Pariente (Madrid, 1965) ha transcurrido paralela a la del estadio de La Elipa, donde empezó a dar sus primeros pasos en este deporte. Un camino que partió de aquí y que le llevo hasta Estados Unidos, Australia y Suecia, convirtiéndole en pionero en la experiencia profesional en el extranjero. Nadie mejor que él nos puede hablar del presente y sobre todo el pasado de este estadio. Proyectado por Manuel Barbero Rebolledo y Rafael de la Joya Castro en 1961, se inauguró dos años más tarde con un torneo en el que participaban la selección de Madrid, la de Barcelona y dos equipos americanos conformados por militares de las bases de Zaragoza y Torrejón. No en vano, ante la falta de medios en ese momento, tuvieron que traer máquinas de la base madrileña para aplanar el terreno, en el que antes de existir el campo ya se jugaba al béisbol.

Años después se ampliaron las gradas y se colocaron focos, estos últimos por cortesía de Ramón Areces, fundador del Corte Inglés y cuyo exilio en Cuba y Estados Unidos, países beisboleros por antonomasia, le hicieron sensible con la causa. Desde entonces poco ha cambiado.

Al recorrer los rincones del campo, uno intuye que en esa forma de belleza decadente se esconde el recuerdo de un tiempo pretérito lleno de grandes momentos. Sus grietas, óxido y desperfectos son como las cicatrices que nos hablan del duro camino que ha recorrido para llegar hasta aquí, y a la vez, son seña de la fortaleza que atesora; como diciendo, “aquí estoy para quedarme”. Porque a pesar de que el béisbol, en gran medida gracias a la inmigración procedente de Latinoamérica, es más practicado ahora que nunca en nuestro país, sufre un abandono y desorganización sin precedentes. Más cantidad, pero menos calidad. Corren tiempos difíciles, pero Pariente, a sus cincuenta y un años, sigue respirando béisbol por los cuatro costados. Con esmero, semana tras semana, acude al campo de su infancia a trasmitir sus conocimientos, experiencia y valores a las nuevas generaciones, para las cuales, parece seguir en pie este estadio. Como si de un eslabón que une el pasado y el futuro se tratase.

En pocas semanas, este recinto con un aforo para poco más de dos millares de personas, sufrirá una de las más importantes reformas en su medio siglo de historia. Cambiarán la arena y el poco césped natural que no está seco por una superficie sintética, más fácil y económica de conservar, y se volverán a construir vestuarios. Un lavado de cara para una instalación que aguanta firme los vaivenes de este deporte. Que sigue a disposición, como desde hace 54 años, de los que quieren aventurarse en la romántica lucha de los deportes minoritarios, o de aquellos que desean sentir la patria lejana un poco más cerca. Nuestro cicerone nos habla sin melancolía del pasado. El regocijo en el recuerdo de otros tiempos, que dice no haber sido tan idílicos como puedan parecer desde fuera, lo eclipsa su preocupación por el presente y el futuro del béisbol en España. Una estructura organizativa más justa y mejor. La formación de chicos como a los que entrena, y en los que no puede evitar verse reflejado. Mientras ese futuro llega, sea como sea, el campo de La Elipa sigue listo para acogerlo. Como siempre ha estado.