La marcha de las mujeres

El pasado 21 de enero, las calles de Estados Unidos —y del mundo entero— se llenaron de mujeres en una manifestación global contra el machismo, el racismo y la destrucción del planeta. Una manifestación en contra de Donald Trump y de todo lo que representa.

El día anterior, este personaje que ha ridiculizado, humillado e insultado a mujeres, inmigrantes, discapacitados, personas de color y musulmanes, fue además “premiado” con la presidencia del país más poderoso del mundo. Mucho se habrá avanzado en el último siglo en cuanto derechos civiles, pero a día de hoy, solo un hombre blanco, heterosexual y rico puede cometer las atrocidades que ha cometido Trump y aún así salirse con la suya. Darle el poder a un acosador misógino ha sido la gota que ha colmado el vaso, despertando el feminismo dormido y acomodado de muchas mujeres.

En un presente gris y angustioso, esta marcha feminista ha supuesto un pequeño rayo de esperanza, un símbolo de resistencia que ha marcado el camino a seguir en los próximos meses y años. Perderme en las oleadas de mujeres que salieron a la calle fue sanador y me devolvió parte de la ilusión perdida con la que me mudé a Estados Unidos, un país que me recibió con los brazos abiertos, pero que ya no reconozco del todo. Las sonrisas de tantas mujeres desconocidas —y cómplices a la vez— apaciguaron mis temores y canalizaron mi rabia en algo tangible y útil.

Pero si estas manifestaciones fueron especialmente importantes es porque las mujeres las hicimos nuestras. Dejamos claro que lo “femenino” no es sinónimo de débil o inferior. Hicimos de un gorro de lana rosa el símbolo de mujeres decididas y cabreadas. Gorros además hechos a mano, para reivindicar con orgullo actividades como tejer y la costura, ninguneadas continuamente por ser “de mujeres”.

Hemos demostrado también que no estamos divididas. Queda mucho por trabajar dentro del feminismo, por supuesto, pero hemos sido capaces de superar nuestras diferencias y ponernos de acuerdo a escala mundial. El 21 de enero dejamos claro que nos van a tener que oír. Nos han dicho que tenemos que ser “señoritas”, protestar bajo, sin molestar y siempre, siempre, sonriendo. Hemos dejado claro que si queremos gritar, bailar, reír o llorar en público, lo haremos.

Sería ingenuo pensar que con unas manifestaciones está todo solucionado. Queda muchísimo por hacer. Pero las marchas de las mujeres han dado valor y esperanza a muchas personas. Y han demostrado que el feminismo es el camino. Que podemos y debemos buscar un cambio en el sistema, y hacerlo a nuestra manera. Puede que sea el momento de empezar a luchar “como una niña”.