Juan Sánchez, una vida tejida en esparto

En La Latina sobrevive la Espartería Juan Sánchez, un enclave donde la artesanía resiste entre unas calles engullidas por la prisa y lo efímero.

Una estrecha puerta de madera nos abre paso a un aparente caos procedente de otra época. Cestas de mimbre, utensilios de esparto, botijos, cuerdas o artículos de decoración extraídos de nuestros recuerdos en la casa del pueblo, se agolpan reclamando la atención de una mirada sobreestimulada. Al otro lado del mostrador, con un grueso delantal, la manos curtidas y la voz ronca desprendiendo palabras tajantes, Juan Sánchez se mueve ente los retales de una artesanía en extinción.

En la calle Mediodía Grande, una diminuta acera ajena a las cañas y el bullicio del barrio que la engulle, existe un resquicio donde lo artesanal se respira desde la esquina, literal. El olor a ratán de esta espartería inunda el olfato preparando un viaje por el tiempo que terminas por disfrutar una vez cruzas el umbral de su puerta. Juan Antonio Sánchez es la tercera generación tras este negocio familiar que mantiene y difunde espoleado por las nuevas tecnologías y la ágil comunicación con los clientes que le concede Internet.

Juan firma sin su segundo nombre para respetar más si cabe la identidad que empezó a forjar su abuelo en 1927 y que después heredó su padre. Él viste el titulo de espartero desde hace dos décadas, en los que solo un impás de 8 años en los que ejerció como técnico informático le alejaron del trabajo artesano. Con la sangre quemada por un trabajo poco agradecido, volvió a la espartería donde el rol de aprendiz ya lo tenía más que asumido. Las enseñanzas que absorbió de su padre las ha completado con visitas a quienes más saben: los mayores. En un pueblo donde los jóvenes emigran y los abuelos aún explotan sus manos, le enseñaron a tejer enea y él transmite lo aprendido una vez a la semana, sin fechas ni horario fijo, a quien quiera pagar con una cerveza su entusiasmo por el oficio.

Veinte años tejiendo esparto le han curtido las yemas de los dedos, el ánimo y el don de gentes. Juan aporta dinamismo y una visión moderna a un negocio donde se mezclan las edades de los visitantes. Antiguos clientes de su padre pidiendo “lo de siempre” ceden espacio a nuevas generaciones que buscan en esta espartería la calidad y resistencia del trabajo a mano, lejos de la fría fábrica industrial. Juan Sánchez trabaja los cestos de mimbre que lleva la abuela al mercado, las sillas de rejilla de los veranos al fresco o las barricas de madera que le otorgan carácter al vino. Y se suma a los nuevos tiempos ofreciendo palos de kali para las artes marciales, bastones de trepa para opositores o cuerdas para otros osados de campos más eróticos.

Grandes producciones como la serie de Televisión Española Isabel o la película Éxodo también han llamado a la puerta de esta madrileña espartería para conseguir el mejor atrezzo. Y no sólo abandonan la tienda con un producto de calidad, porque Juan es un historiador con delantal de espartero. Corrige con gusto las incorrecciones históricas que sus clientes le ponen sobre la mesa y sitúa en el tiempo y en distintas historias las piezas que le solicitan, dando coyuntura a unos encargos que resuelve con kilómetros en su furgoneta y rebuscando por la geografía española para localizar la mejor materia prima.

Ha tenido tropezones, que en forma de 3.000 escobas para barrendero estancadas en el garaje de enfrente -el almacén de la espartería-, le recuerdan que aquí todo es efímero y que hay que arriesgar con una gota de cautela. Pero también tiene apuestas que son un éxito, como la fabricación de persianas de esparto a medida, uno de los productos más solicitados en un país donde el calor adormece incluso los telediarios estivales.

Modernidad y tradición han sabido mantener un largo matrimonio en la Espartería Juan Sánchez, donde su dueño teje una silla con una técnica aprendida en un tutorial de YouTube, mientras ve un documental en su ordenador, o confecciona una cesta de mimbre en un refugio artesano donde la banda sonora de DosCellos, ACDC o ritmos como la kizomba es lo único que nos recuerda la época exacta en que nos encontramos.