Hecho en Madrid. Café Angélica

En ocasiones no puedes ser otra cosa más que literal, en ocasiones, como este reportaje de Café Angélica merece la pena serlo. Era domingo, y hacía un sol de verano típico del mes de marzo. Estábamos por la calle Pez terminado una entrevista y recordamos que hacía no más de dos semanas una antigua herboristería había cambiado de dueños y vuelto a abrir con un concepto muy especial. Pusimos rumbo al número 24 de la Calle San Bernardo.

Al llegar, recuerdo que no entramos directamente, durante unos segundo nos quedamos admirando su fachada, tan de siempre y tan de ahora que su rótulo dorado, propio de los años cuarenta, brillaba haciendo honor a su nombre. Aquel era un canto de sirena que olía a café recién tostado, a especias y que nos invitaba a pasar. Y eso hicimos, cruzamos el umbral y la sensación fue comparable a la de viajar. No podíamos dejar de mirar cada detalle como si aquel espacio de apenas 30 metros cuadrados fuese inmenso. Del techo al suelo, del suelo al cielo; espejos de Gio Ponti, estanterías repletas de especias, té y café, que como casi todo lo que había allí había sido conservado manteniendo el alma ‘Angélica’.

Seguimos babeando y a nuestras espaldas una voz grave y templada, nos da la bienvenida. Es Carlos Zamora (Deluz y Cía), uno de los culpables de revivir este rincón de Madrid. Está sentado en una de las dos mesas que tiene el local, sobre ella, lo que hace un rato era un café recién tostado y un ejemplar del New York Times. Acto seguido, como quien te recibe hospitalario en su casa nos guía en un recorrido privado que bien merecía ser inmortalizado. Olemos el café. Olemos especias que huelen salvajes, como la de aquellos comerciantes fenicios. Nos habla de la antigua vida del local, de mantener la esencia, de ser socialmente responsables; con las personas que forman parte del proyecto y con los productos con los que trabajan. Nos habla de muchas cosas, en una mezcla de transmisión de sabiduría y emoción de quien estrena algo nuevo. Nos sigue contando, pero como buen montañés, nos insta a que lo hagamos sentados a la mesa, comiendo unos bocadillos de ternera asada eco, de pollo, con pan de pico crujiente y salsas de mostaza con lechugas vivas. Han pasado casi cuatro horas desde que llegamos y nos vamos, pero no nos queremos ir. Aquí se está como en casa.