El Mikasa. Símbolo de un fútbol en extinción

Fue todo un icono para las generaciones que crecieron en los 80 y 90. Un referente absoluto en el fútbol amateur y de colegio de aquellos años. El control de sus múltiples defectos resultaba una suerte de prueba o rito iniciático con el que se podía distinguir a los más dotados de entre la vulgaridad. Un paso previo ineludible para quien quería hacer carrera en este deporte. La Mili del futbolista. ¿Su virtud? Una muy apreciada en este contexto: su indestructibilidad. No hace falta que les diga a qué me refiero cuando hablo de un Mikasa.

Resulta fascinante la paradoja en la que a menudo nos hace caer el tiempo. Cómo algo que en un pasado más o menos remoto nos resultaba desagradable, o al menos negativo, se nos presenta hoy a través de los años como un dulce recuerdo cargado de melancolía. Un caso evidente de este particular juego de sentimientos es el que produce el balón Mikasa. Para aquellos que hayan experimentado en primera persona la práctica futbolística con uno de estos esféricos, todo lo que voy a contarles lo tendrán más que sabido y posiblemente grabado a fuego en la memoria. Para los que no lo hayan conocido, podríamos definirlo con una montaña de características, casi todas negativas. La principal era su dureza. El Mikasa, si por algo se caracterizaba, era por ser duro como una piedra. Su toque y control se hacía complicado ya que su superficie era de todo menos amable. El sonido al golpearlo resultaba muy particular, seco y agudo, y si se era capaz de hacerlo con suficiente potencia y no romperse ningún dedo en el intento, describía a menudo parábolas inescrutables. Apenas botaba, por lo que te obligaba a jugarlo siempre en el suelo, lo cual resultaba hasta cierto punto un alivio ya que rematarlo de cabeza en un córner o en un saque de portería resultaba todo un acto fe. Como heroico era colocarse en una barrera. Seguramente la primera experiencia de pánico de muchos de los niños de aquellos años fuese enfrentarse a una falta en la frontal del área con ellos haciendo de barrera. Una mano en la cara y otra en los genitales. Si daba en cualquier otra parte tan sólo picaría como un demonio durante unos minutos.

Hoy, por aproximadamente dos euros por persona, cualquiera puede disfrutar durante una hora de un fantástico campo de césped sintético. Uno de los porqués de estos balones está precisamente en la superficie en la que se jugaba mayoritariamente en esos años. La arena, o en su defecto, el cemento de los patios de los colegios. Su durabilidad le hacía un elemento imprescindible para campos que eran como lijas, en los que sólo colocar la rodilla en el suelo para atarse los cordones producía casi una herida. Su peso y bote controlado resultaban perfectos para desafiar las zanjas e irregularidades que dejaba la lluvia en estos áridos y precarios campos que se extendían por toda la geografía española (al menos de Castilla hacia el sur) y casi todas las divisiones. Casi como por arte de magia, el barro seco se desprendía con una facilidad asombrosa de su superficie, y a pesar de su uso, su hinchado era necesario tan sólo en contadas ocasiones. Estas características hacían del Mikasa un prodigio del diseño, un elemento imprescindible para aquel fútbol. Uno sin falsos nueves ni posesión de balón.

A pesar de convivir con modelos legendarios como los Adidas Tango, Etrusco o Questra, el Mikasa era el examen de entrada a este paraíso de los balones. La Mili del futbolista. No había colegio o club que se preciase que no tuviese una red llena de estos balones bicolor que requerían un mantenimiento mínimo y fácilmente durarían dos o tres temporadas. La época ultra tecnológica del consumir y tirar estaba por llegar también al fútbol. A pesar de su aún importante presencia en el fútbol sala o el voleibol, el Mikasa es en la actualidad un objeto en vías de extinción. La marca japonesa ha tenido que retroceder ante la suavidad, control y atractivo estético de los balones actuales, pensados para un fútbol radicalmente diferente. Sin embargo, su recuerdo resulta tan duradero como el propio balón. La nostalgia de aquellos tiempos a los que a muchos nos transporta el mítico Mikasa no la palia un tapete verde impoluto ni un balón estrellado de la Champions por el que habríamos matado de niños por usar. Ya les advertí al inicio de las inexplicables paradojas del ser humano.