El espacio simbólico

Manuel Moneo. Proyecto Presencias (Juan Carlos Toro)Manuel Moneo. Proyecto Presencias (Juan Carlos Toro)

Cuando se viaja al sur no solo cambia el paisaje geográfico, el acento o los recovecos de las calles. Cambian los matices, la manera de expresar las cosas y las connotaciones que tienen las palabras. Diría que en cierto modo, cambian las emociones y la forma en las que se transmiten y se entienden.  Las palabras son el medio que tenemos para dar forma a los pensamientos, la poesía o el silencio es lo que usamos cuando estas se nos escapan. Cuando vamos al sur, un nuevo paisaje ─y no solo físico ─, nos lleva consigo.

Una de las palabras que mejor refleja esto es duende. Tener duende es un adjetivo que describe una especie de estado de gracia, una emoción que emana fundamentalmente del flamenco, pero que llega a extenderse a lo que una persona es. Cuando alguien tiene duende puede ser que tenga arte, pero es algo más. Puede ser el sentimiento, pero no es sólo eso. El duende puede ser “encanto misterioso, inefable”. Por definición, no se puede explicar con palabras.

Estos conceptos que aluden a cosas casi imperceptibles nos llevan a un lugar donde habita lo simbólico. Al igual que ocurre con las palabras, también algunos espacios se construyen entre la memoria y la utopía, entre el recuerdo de lo que fue y la imagen de lo que nos gustaría que fuera o lo que estamos buscando. Hay barrios que se construyeron sobre unos cimientos que a lo largo del tiempo han ido cayendo, de los cuales queda más la idea que una realidad palpable. Las personas viajamos en busca de ciudades que a veces solo existen en nuestra cabeza.

La gran belleza (Paolo Sorrentino)

La gran belleza (Paolo Sorrentino)

Solo hace falta querer encontrar algo para visualizar lugares y conceptos que solo están en el terreno del imaginario colectivo. No es difícil pasear por Madrid tratando de buscar las ruinas de su pasado castizo, o la música y el punk de La Movida. Que ya cada vez Madrid sea una ciudad más globalizada y menos castiza, o que La Movida underground desapareciera hace mucho tiempo y en su  lugar ahora haya bares de sushi, no significa que no podamos pasear aun por Malasaña o La Latina viendo restos de lo que fue.

Hay películas como La gran belleza de Paolo Sorrentino que reflejan bastante bien esta dicotomía entre la ciudad que fue y la ciudad imaginada. Roma aparece en esta obra con toda su monumentalidad y al mismo tiempo parece estar vacía, los personajes se mueven por ella tratando de buscarla, de que ella les dé lo que sus ilusiones esperan. En una de las primeras escenas aparece un turista desde un mirador observando la ciudad, mientras que el resto del grupo escucha a la guía. En ese momento nos sobrecoge una sensación extraña al ver cómo los turistas parecen estar solos en medio de la nada ─una nada monumental y embriagadora ─ cuando de repente el viajero del mirador se desmaya. Aunque puede parecer que es por observar tanta belleza (una especie de Síndrome de Stendhal), al mismo tiempo su gesto y la composición de la escena nos revelan un profundo desasosiego por mostrar el auge y decadencia de una ciudad que imaginamos eterna.

Es curioso como mientras hay ciudades que se derrumban, que se caen, que dejan paso a la decadencia, más vivas parecen. Es como si a través de las ruinas pudiéramos ver la vida pasar, como si la imaginación se nos activara recreando lugares que en su día fueron. Quizás sea este misterio, este duende que habita en lo simbólico, el motivo que lleva a querer descubrir vestigios, a querer poner imágenes a ilusiones. Estos espacios simbólicos parecen hallarse entre en un estado intermedio entre el pasado y el futuro, por una parte nos sirven para mantener vivo el recuerdo y por otra para ir en busca siempre de un lugar inalcanzable.